Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
Jorge Luis Borges, El Gólem, 1958
Cuentan algunas fuentes que el poeta y filósofo andalusí Solomon Ibn Gabirol (Málaga, c. 1021– Valencia, c. 1058-70), cansado del trabajo doméstico, dio forma en barro a una sirvienta muda y obediente. No hablaba, no pensaba; cocinaba para él, barría su estudio y no interrumpía su meditación sobre el alma universal. No era una esclava ni una esposa, sino un artefacto vivo previo al vapor y al silicio.
Ibn Gabirol —autor de himnos sublimes y de La fuente de la vida, tratado neoplatónico radical— habría creado, en algún rincón de Zaragoza, un gólem privado. No para defender a su pueblo como el rabino de Praga sino doméstico, para ganar tiempo, para que su alma tuviera menos cuerpo que atender: Gabirol fue de salud quebradiza y sensibilidad extrema, lo que le dotó de una prematura madurez y le hizo morir en plena juventud.
Su breve vida todavía resuena en tres frentes: la poesía hebrea, la filosofía neoplatónica y la mística sin nombre. En Zaragoza —ciudad que fue su hogar adoptivo1— escribió y meditó, protegido por mecenas, aislado por su carácter huraño, quizás desgastado por la enfermedad. A los dieciséis años ya había compuesto varios poemas y en uno de ellos habla de que posee ya la experta madurez de un anciano.

Llegó a ser considerado uno de los varones más ilustres en la literatura y en la filosofía hebraicas. El mundo latino medieval lo conoció por el nombre de Avicebrón, y en la Europa occidental no se llegó a saber su verdadera identidad hasta mediados del siglo XIX. En el occidente cristiano su pensamiento fue recogido por Guillermo de Auvernia, Alejandro de Hales (ambos del siglo XIII), y Duns Scoto (escuela franciscana). Los dominicos (en especial San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino) le rechazaron siempre: Gabirol negaba la idea de la creación ex nihilo (“de la nada”) por considerar que esa idea haría a Dios “sujeto a las leyes de la existencia”.
De su producción estrictamente filosófica solo nos queda una obra: Fons Vitae (“La fuente de la vida”), escrita en árabe, traducida al latín y estudiada por cristianos sin saber que era judía. Es un tratado dialogado, heredero del neoplatonismo y de la sabiduría árabe, donde Gabirol sostiene algo escandaloso: que todo ser, incluso el espiritual, está compuesto de materia y forma. Ni siquiera el alma es pura forma: todo participa de una materia universal, todo está hecho de algo. Dios emana lo real mediante una Forma universal, y una Voluntad transversal —al modo de Schopenhauer o del élan vital bergsoniano— intermedia entre la divinidad y la creación, expandiéndose en el mundo. El universo entero es una inteligencia encarnada.
Esa materia universal no es materia física en el sentido común del término, sino materia espiritual—una especie de sustrato metafísico que subyace a todo lo que existe, incluso a los seres “inmateriales” como las almas o los ángeles. Dios es la única realidad verdaderamente simple2.
El Gólem de Praga

A finales del siglo XVI, en una Praga agitada política y religiosamente, el rabino Yehuda Loew ben Bezalel —erudito en cábala, matemáticas y alquimia— recibió en sueños un mensaje: debía crear una criatura de arcilla que protegiera a su pueblo. Los judíos de Praga, confinados en el gueto de Josefov, sufrían ataques constantes alentados por supersticiones religiosas y tensiones económicas. A pesar de que el emperador Rodolfo II —católico, excéntrico y amante de la alquimia— mostraba cierta tolerancia hacia ellos, la situación era frágil.
Una noche, Loew escribió un shem, un nombre sagrado derivado de las letras del nombre secreto de Dios, en un pergamino. Junto con su yerno y un discípulo, otros dos eruditos cubiertos con túnicas blancas, salió de la ciudad y llegó a la orilla del Moldava. Allí moldearon una figura humana de gran tamaño con la arcilla húmeda del río.
El primer ayudante dio siete vueltas alrededor del cuerpo de barro, recitando palabras sagradas. El segundo repitió el ritual con otro conjuro, y el barro se endureció y tomó una textura similar a la piel humana. El propio Loew completó el círculo final. Luego, colocó el pergamino en la boca de la figura, bajo la lengua. El gólem abrió los ojos, miró a su alrededor y, lentamente, se incorporó. En algunas versiones, el rabino también escribió en su frente la palabra hebrea אמת (“emet”)—verdad.
La criatura no hablaba ni razonaba. Pero comprendía instrucciones y obedecía con fuerza desmesurada. Lo vistieron y lo presentaron como un sirviente más. Ayudaba en la sinagoga y en la casa del rabino, cortaba leña, acarreaba agua. No se cansaba, no comía. Convenía tener presente, eso sí, su extrema literalidad a la hora de tomar órdenes: una vez, al pedirle que trajese agua sin especificar cuántos cubos, se puso a ello sin parar, hasta inundar la sinagoga.

Al generar con ChatGPT la imagen de la gólem dormida que encabeza este artículo, y conseguir tras mucho iterar algo que más o menos me complaciese, reparé en que en algún momento del tira-y-afloja generativo la palabra hebrea אמת (¡por fin escrita correctamente!) se había desplazado de la frente al pecho. Desintiendo de devolverla a su sitio, pues ya habíamos entrado en un círculo vicioso, le señalé a Chat su error, y fijáos qué cándido:
“Lo que podría parecer un error del modelo generativo es, en tu artículo, una pista visual muy jugosa. El gólem de hoy ya no finge tener alma en la frente. Su verdad (אמת) está escrita en otra parte. ¿Dónde exactamente? Esa es la pregunta.”
—ChatGPT
En el horizonte tecnológico actual, no parece haber un camino que asegure eventualmente anular los brotes de demencia de estos modelos, y romper el molde de “erudito idiota” que los ciñe. El Gólem de Praga tampoco sabía reconocer sus errores, encapsulada su inteligencia en la función de proteger.
Con el tiempo, el rabino aprendió a dosificar su creación. Retiraba el shem (una especie de proto-prompt místico) para apagarla3. Algunos dicen que lo hacía cada viernes por la noche para permitirle descansar en sabbat. El día que olvidó hacerlo, el gólem, cargado de energía acumulada, perdió el control. Salió a las calles y destruyó cuanto encontró.
El pueblo, que mostró desde el principio una animadversión afín a la de los persecutores de Frankenstein —acusó al gólem de la desaparición de un niño cristiano, que después el gólem encontró—, ya había tenido suficiente. El rabino corrió a detener a su criatura. Le ordenó que se calmara. El gólem obedeció. Le colocó un nuevo pergamino y le indicó que subiera al desván de la sinagoga Vieja-Nueva y descansara. Así lo hizo.
Esa fue la última vez.
El rabino llamó a los dos sabios que lo habían ayudado. Mientras el gólem dormía, le retiraron el pergamino. Luego repitieron el ritual de creación, pero en reversa. Pronunciaron las palabras mágicas al revés, caminaron en sentido contrario. El cuerpo de la criatura se enfrió. La piel se volvió rígida. El barro se agrietó.
Según una de las versiones, si tenía escrita la palabra “emet” en la frente, el rabino le borró la primera letra, dejando “met” (מת), muerte. La criatura dejó de respirar y volvió a ser arcilla. Lo cubrieron con telas viejas y sellaron el desván. Nadie debía volver a subir.
Algunos dicen que el gólem todavía duerme, que no murió. Que cada 33 años despierta. Que si el pueblo lo necesita, volverá. No les habría venido mal en la Segunda Guerra Mundial. O quizá es que se encarnó en Alan Turing.
Allí recibió una excelente educación, dominando el hebreo bíblico y el árabe, asimilando la filosofía neoplatónica y parte de la aristotélica, y adelantando en los secretos de las ciencias.
La estructura del sistema de Gabirol anticipa, en algunos aspectos, la arquitectura ontológica de Spinoza: una Substancia única que se despliega en múltiples niveles de manifestación.
El shem, en la tradición del Gólem, es un nombre sagrado, una secuencia de letras que activa y dirige a la criatura. No tiene que ver con contenido racional, sino con potencia performativa del lenguaje: es la palabra que hace. Lo que en términos modernos llamaríamos lenguaje operativo o instrucción generativa. Un prompt, en el contexto de la inteligencia artificial, cumple una función sorprendentemente similar: una frase, un comando, una petición formulada con precisión —y el sistema responde, se activa, se configura. La criatura, como los modelos actuales, no entiende en sentido humano, pero ejecuta.




